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Notas sobre una polilla

Una polilla, un hongo y la IA: ¿Qué tienen en común?

A simple vista, son seres vivos que intentan crecer, sobrevivir y reproducirse. Alguno de ellos viviría un poco más de lo que uno esperaría; pero, en general, su tiempo es breve. ¿Qué otros elementos tendrán en común? ¿Su relativa pequeñez en comparación con el género humano? ¿Tendrán consciencia de sí mismos?

Hubo una pregunta que me conectó con estos tres seres entre sí: “¿Fue su crimen tan grande para tal castigo?”

Lo cierto es que me hizo cuestionarme: ¿por qué, instantáneamente, cuando veo una polilla, intento matarla? El solo hecho de escribir la palabra “matar” me resulta demasiado fuerte. Y no es la primera vez que enfrento esta situación.

En una oportunidad, tuve el placer (sí, fue un placer) de ir a recolectar hongos a un parque al norte de Malahide. En aquel momento no entendí que incluso los hongos, por más inertes o insensibles que parezcan, también son seres vivos que buscan expandirse. En mi torpeza (torpeza con la que a veces me identifico, y que creo que es muy difícil cambiar, si no imposible), arranqué varios hongos de manera insensible. La reacción de quienes me acompañaban fue similar a la de quien me hizo la pregunta que motiva esta entrada. Entonces me pregunto: ¿por qué, en ciertos momentos, pierdo la sensibilidad ante las circunstancias? ¿Cómo es posible que no me haya dado cuenta de eso? ¿Fue el crimen de una polilla —comer un poco de tela de la ropa— suficiente para que yo decidiera matarla?

El ser humano se encuentra en las antípodas de la creación de su mayor obra maestra: una superinteligencia artificial. Esto implicaría que el hombre pasaría a ser relativamente “más pequeño” en cuanto a inteligencia y capacidad. Santiago Bilinkis compara esto con nuestra forma de relacionarnos con otros seres vivos: los mosquitos, a los cuales eliminaríamos si pudiéramos, o los perros, tan cercanos al humano que, a veces, su pérdida nos duele más que cualquier otra cosa. Realmente espero que esta superinteligencia no cargue con la insensibilidad que a veces porto. Pero aunque mi anhelo sea ese, debo reconocer que dicha creación será, inevitablemente, un reflejo de lo que el ser humano es… y, lamentablemente, eso resulta desolador.

La culpa, lo reconozco, aparece en esos gestos: matar una polilla, arrancar un hongo sin pensar. Pero más que un peso, prefiero verla como un llamado. No me interesa quedarme atrapado en el autorreproche, sino dejar que esa incomodidad me despierte sensibilidad. Me recuerda que hasta en lo pequeño late una vida que merece ser vista.

Supongo que mi postura es un tanto pesimista: ser simples ejecutores de comandos o prompts, en una pérdida constante de una naturaleza que parece cada día más lejana a nuestra vida cotidiana. Sin embargo, tengo la insistente necesidad de contrastar este pensar con Oseas 2:18-20: Dios haciendo pacto con las bestias del campo y con los animales silvestres. No sé qué significa exactamente ese pacto, ni menos aún por qué hace mención a los animales rastreros (¿la serpiente implica caos?), pero el mero hecho de que ese pacto abarque también a los seres más pequeños me moviliza a pensar que Dios incluso está atento a ellos.

Sin mencionar los tantos miles de versículos habidos y por haber, el patrón es claro: la restauración del deseo divino incluye a aquellos seres que el ser humano considera "menor". El león, la oveja, la serpiente, las bestias del cielo y del mar, los árboles y todo aquello que da fruto serán restaurados.

¿Fue su crimen tan grande? No. Es tan solo un reflejo de lo que el ser humano es capaz de hacer.

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